"Necesito que me des candela", murmuró contra su oído, la voz entrecortada por el deseo acumulado de horas. Guiando sus manos, las colocó sobre sus pechos hinchados y sensibles. Mateo jadeó al tocarlos, al sentir la suavidad, el calor, los pezones duros bajo sus palmas.
La besó con urgencia, primero en los labios, luego bajando por el cuello, lamiendo las gotas de sudor. Sus manos exploraban cada curva que ella misma había adorado horas antes. Cuando una de ellas bajó entre sus piernas, encontró una humedad abrasadora. Emma gimió alto, moviendo las caderas contra su mano.
Se desvistieron con prisa, pero sin violencia: caricias lentas, besos profundos, respiraciones mezcladas. Cuando finalmente él la penetró, lo hizo con delicadeza, sintiendo cómo ella lo acogía ansiosa, apretada y caliente. Emma cabalgó sobre él con un ritmo creciente, los pechos moviéndose al compás, el sudor cayendo sobre su pecho.
Los gemidos llenaron la sala: los de ella altos y desinhibidos, los de él graves y contenidos. Se movieron juntos durante lo que parecieron horas, cambiando posiciones, explorando cada sensación nueva. El clímax los alcanzó al mismo tiempo: un estallido de placer que la hizo gritar su nombre, el cuerpo convulsionando alrededor de él.
Después, quedaron entrelazados en el sofá, exhaustos, sudorosos, respirando agitadamente. Emma apoyó la cabeza en su hombro, una sonrisa satisfecha en los labios. La transformación seguía siendo un misterio, pero en ese momento no importaba. Solo importaba la candela que acababa de encenderse entre ellos, y que prometía arder durante mucho, mucho tiempo más.
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