viernes, 9 de enero de 2026

Capítulo 8: Epílogo – Un Año Después, la Vida como Raquel y el Juguete Favorito de la Casa

Un año después, la casa seguía igual de caótica, cálida y llena de amor.

Raquel (ahora legalmente también, tras trámites que las chicas gestionaron juntas) era el centro indiscutible. Su pelo plateado seguía brillando, su figura seguía siendo admirada, y su risa seguía siendo la banda sonora de la mansión.

Las duchas grupales eran diarias. Las noches de juguetes, semanales. Los masajes con aceite y chocolate, mensuales. La caja sagrada había crecido: nuevos vibradores, nuevos consoladores (uno nuevo, morado y curvado, bautizado “Artemisa” en su honor), nuevos juegos.

Las invitadas de la Fiesta de Diosas volvían a menudo, y la leyenda de “la diosa plateada que llegó de la nada” corría entre sus círculos.

Raquel trabajaba ahora como ilustradora freelance desde casa (Bea le había enseñado), viajaba con ellas, bailaba desnuda bajo la luna llena cada mes y se sentía, por primera vez en su vida entera, completamente en casa en su propio cuerpo.

Una noche, durante otra tormenta (esta vez voluntaria, con velas y juguetes preparados), Ana levantó una copa en el salón.

—Por nuestra Raquel. El mejor accidente mágico que nos pudo pasar.

Todas chocaron copas desnudas, cuerpos pegados, pechos rozándose.

—Y por nuestro juguete sexual favorito —añadió Eva con guiño pícaro—, que eligió serlo para siempre.

Raquel rio, roja pero feliz, y se dejó caer en el centro del círculo de brazos abiertos.

Porque ya no era un juguete.

Era suya.

Eran suyas.

Y nunca, jamás, quiso volver atrás.

Fin.

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