El timbre sonó de repente, sacándola de su trance. Era Mateo, su mejor amigo desde la universidad, que había quedado en pasar esa tarde para ver una película y tomar unas cervezas, como hacían casi todos los fines de semana. Raúl —o Emma— sintió un nudo en el estómago, mezcla de pánico y excitación.
No pensó en vestirse. Solo ajustó la toalla para que cubriera los pechos y la parte inferior, aunque dejaba ver mucho más de lo prudente: el escote profundo, las piernas largas y húmedas, las gotas de sudor que aún perlaban su cuello y clavícula. Caminó hasta la puerta principal con el corazón latiéndole desbocado.
Abrió solo un poco al principio, asomándose. Mateo estaba allí, con una bolsa de snacks en la mano, sonriendo como siempre. Pero al verla, su expresión cambió por completo: los ojos se abrieron, la boca se quedó entreabierta.
"¿Em... Emma Watson?", balbuceó, completamente desconcertado. "¿Qué demonios... Raúl? ¿Eres tú?"
Ella no respondió con palabras. Solo abrió la puerta del todo, apoyándose en el marco con una mano, la otra sosteniendo la toalla que amenazaba con deslizarse. El sudor brillaba en su piel, el cabello húmedo caía sobre un hombro, los ojos lo miraban con una intensidad ardiente.
"Entra", susurró con voz ronca, cargada de deseo. Mateo obedeció como hipnotizado, cerrando la puerta tras de sí. El aire entre ellos estaba cargado de electricidad. Él no podía apartar la vista de su cuerpo apenas cubierto, de las curvas que se adivinaban bajo la toalla, del rubor en sus mejillas.

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