Al caer la tarde, la nueva mujer —que ya se sentía completamente como Miley en cuerpo, mente y alma— caminaba descalza por el apartamento con una gracia felina y sensual que no había poseído nunca antes. La toalla blanca seguía siendo su única prenda, completamente empapada por el sudor constante, adhiriéndose a la piel como una caricia permanente e íntima. Se detenía frente a cada espejo del apartamento —el del baño, el del pasillo, el pequeño del salón— girando lentamente, inclinándose, pasando las manos por el cabello húmedo y ondulado, admirando cada ángulo nuevo de su cuerpo perfecto.
Sabía que Alex llegaría en cualquier momento. Su mejor amigo desde los días de la universidad, el único con quien había compartido confidencias profundas hasta altas horas de la noche, risas interminables, cervezas y alguna que otra mirada cargada de tensión sexual no resuelta. Habían quedado para una noche tranquila: pizza, cerveza fría y una película en el sofá, como tantas otras veces. Pero ahora todo sería radicalmente distinto. La sola idea de abrirle la puerta envuelta solo en esa toalla húmeda, con la piel brillando de sudor y el cabello cayendo en cascada sobre los hombros, la excitaba hasta el punto de hacerla temblar de anticipación.
Tuvo que masturbarse varias veces para calmar la ansiedad creciente. Primero en el sofá, luego sentada en el borde de la cama con la toalla abierta por completo, dejando que sus dedos danzaran sobre la piel resbaladiza y sensible. Imaginaba las manos fuertes de Alex recorriendo su cuerpo, su boca caliente en el cuello, en los senos, su peso presionando contra ella. Cada caricia era un preludio detallado, cada gemido una promesa susurrada. Los clímax la dejaban jadeante y temblorosa, pero nunca completamente saciada; solo avivaban más el fuego que ardía en su interior.
Finalmente se levantó, se arregló el cabello húmedo con los dedos, ajustó la toalla para que cayera de forma sugerente y deliberada: lo suficientemente alta para mostrar la curva de las caderas y lo suficientemente baja para dejar entrever el contorno pleno de los senos. Practicó la sonrisa en el espejo una y otra vez: esa mezcla perfecta de picardía, invitación y deseo puro. El sudor seguía resbalando por su cuello, entre los senos, por la parte interna de los muslos, recordándole constantemente lo viva y deseable que se sentía. Estaba lista, radiante, irresistible. El timbre sonó justo cuando el sol se ponía en el horizonte, bañando todo el apartamento en tonos cálidos, dorados y anaranjados que hacían brillar aún más su piel sudorosa y perfecta.

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