Por la tarde, Raúl ya no luchaba en absoluto contra lo que estaba ocurriendo. Se había rendido por completo al placer abrumador y a la curiosidad morbosa que lo consumía. Tomó una toalla blanca grande del armario del baño —la más suave y grande que encontró— y se envolvió en ella tal como Miley en esa fotografía que ahora parecía ser su destino inevitable. Pasó horas enteras frente al espejo de cuerpo entero del dormitorio, girando lentamente, observando cada ángulo, cada detalle nuevo.
Se tumbó en la cama deshecha y se dedicó a explorar cada centímetro de su nuevo cuerpo con una devoción casi religiosa. Las manos recorrían los senos con delicadeza infinita, pellizcando suavemente los pezones hasta hacerlos endurecerse y enviar ondas de placer por todo el cuerpo. Bajaban por el vientre plano y tonificado, trazaban círculos lentos alrededor del ombligo, llegaban finalmente a la entrepierna completamente transformada. La masturbación fue larga, pausada, llena de suspiros profundos y gemidos melódicos que resonaban en el apartamento vacío. Cada orgasmo traía un refinamiento adicional: la voz más ronca y sensual, la sonrisa más seductora y confiada, los movimientos más gráciles y felinos.
Se levantaba cada cierto tiempo para posar frente al espejo: dejaba caer la toalla hasta la cintura para admirar los senos, luego la ajustaba para que apenas cubriera lo esencial, imitaba la expresión traviesa y provocativa de la foto original. El sudor hacía que la tela se pegara a sus curvas con precisión erótica, delineando cada contorno, cada valle y cada cima. Se sentía poderosa, deseada, irresistible, como si todo el mundo fuera a caer rendido a sus pies. La transformación estaba casi completa, y el deseo ardía en su interior como una llama eterna que no se apagaba nunca, solo crecía.

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