El sol se ponía sobre el Mediterráneo cuando Raúl —ahora completamente inmersa en su nueva identidad como Emma— y Alex llegaron al puerto de Valencia. La niebla había retrocedido durante el día, dejando un cielo teñido de naranja y rojo, pero ambos sabían que volvería al anochecer, más hambrienta que nunca. Las calles cercanas al puerto estaban casi desiertas: barcos abandonados balanceándose en sus amarres, contenedores apilados como tumbas metálicas, y el olor salino mezclado con el hedor húmedo de la bruma mágica que aún flotaba en rincones oscuros.
Según los grabados de las catacumbas y la primera pieza del amuleto que llevaban colgada al cuello, la segunda parte estaba “donde el mar besa la ciudad con furia eterna”. Eso solo podía significar una cosa: el viejo barco de carga “Santa Lucía”, un buque mercante de los años 70 que llevaba décadas oxidándose en un muelle secundario del puerto, lejos de las zonas turísticas. La leyenda decía que en el siglo XV había sido usado para transportar reliquias prohibidas desde Italia, y que una de las piezas del Amuleto Tripartito había quedado escondida en su bodega.
Llegaron disfrazados lo mejor que pudieron: Alex con una gorra y una chaqueta vieja de marinero que encontró en su piso, Emma con un chubasquero grande que ocultaba sus curvas, aunque nada podía disimular del todo la elegancia natural de su nuevo cuerpo. Cada paso por los muelles hacía que Emma sintiera el roce constante de la ropa interior prestada contra su piel sensible, recordándole lo expuesta que se sentía en este mundo transformado.
Subieron al barco por una pasarela oxidada que crujió bajo sus pies. El interior olía a sal, moho y tiempo olvidado. Con linternas de móvil iluminaron pasillos estrechos llenos de cajas rotas, redes podridas y botellas vacías. Bajaron dos niveles hasta la bodega principal, donde el aire era más denso y frío.
Allí, entre montañas de cajas cubiertas de polvo, encontraron un arcón antiguo de madera reforzado con hierro. Alex forzó la cerradura con una palanca encontrada en el suelo. Dentro, envuelta en tela roja deshilachada, estaba la segunda pieza: un medallón idéntico al primero, pero grabado con olas entrelazadas y un símbolo de agua en su centro.
Emma lo tomó con manos temblorosas. Al acercarlo al primero, ambos medallones brillaron con una luz azulada, como si se reconocieran. “Dos de tres”, susurró. “Ya casi lo tenemos”.
Pero la celebración duró poco. Un rumor sordo comenzó a crecer fuera del barco: la niebla regresaba. Se oía como un susurro colectivo, como miles de voces femeninas llamando desde la distancia. Miraron por una escotilla y vieron cómo la bruma avanzaba desde el mar como una ola viva, envolviendo muelles, grúas y barcos cercanos.
“¡Corre!”, gritó Alex.
Subieron corriendo hacia la cubierta, pero la niebla era más rápida. Alcanzó el barco y empezó a filtrarse por las rendijas, por las puertas abiertas, por cada grieta. Alex comenzó a toser violentamente cuando un tentáculo de bruma lo rozó en el brazo. Emma vio horrorizada cómo la piel de su amigo comenzaba a suavizarse, la barba retrayéndose, los rasgos endurecidos volviéndose más delicados.
“No… no, Alex, no”, sollozó, arrastrándolo hacia el camarote del capitán, la única habitación con puerta metálica hermética que habían visto al pasar.
Cerraron de un portazo justo cuando la niebla golpeaba el otro lado como puños invisibles. Alex cayó de rodillas, jadeando. El cambio se había detenido a medio camino: su voz era más aguda, sus manos más finas, pero seguía siendo reconocible como él.
“Por poco…”, murmuró, mirándose las manos. “Gracias a ti”.
Emma se arrodilló frente a él, lágrimas en los ojos. El miedo, el alivio, la adrenalina… todo se mezcló en una tormenta emocional. Lo abrazó con fuerza, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra sus pechos. Alex respondió al abrazo, sus manos subiendo por la espalda de Emma bajo el chubasquero.
El beso empezó suave, casi consolador. Luego se volvió hambriento. La ropa cayó al suelo del camarote oxidado: el chubasquero, la camiseta de Alex, los leggings de Emma. Se tumbaron en la cama estrecha del capitán, cubierta de polvo pero aún con un colchón viejo.
Esta vez fue Emma quien tomó el control. Se sentó a horcajadas sobre Alex, sus manos explorando el pecho aún masculino de él mientras lo besaba con pasión. Bajó lentamente, besando su cuello, sus hombros, deteniéndose en los pezones hasta hacerlo gemir. Luego más abajo, hasta tomar su dureza en la boca, explorando con lengua curiosa y experta, aprendiendo qué lo hacía arquear la espalda y jadear su nombre.
Cuando Alex no pudo más, la giró suavemente y la colocó debajo. Besó cada centímetro de su cuerpo: los pechos perfectos, el vientre plano, deteniéndose largo rato entre sus piernas hasta hacerla gritar de placer, las manos enredadas en su cabello mientras ondas de éxtasis la sacudían una y otra vez.
Finalmente, se unieron. Emma lo guió dentro de sí con un gemido profundo y prolongado. Se movieron despacio al principio, mirándose a los ojos, sintiendo cada roce, cada pulsación. Luego más rápido, más desesperado, como si el mundo fuera a acabarse fuera de ese camarote. Emma clavó las uñas en la espalda de Alex mientras él embestía profundo, sus cuerpos sudorosos chocando en un ritmo perfecto.
El clímax llegó como una explosión simultánea: Emma gritó su nombre mientras su cuerpo se contraía alrededor de él en espasmos interminables, y Alex se derramó dentro de ella con un gemido gutural.
Se quedaron abrazados después, respirando agitadamente, escuchando cómo la niebla golpeaba la puerta pero no podía entrar.
“Te amo”, susurró Alex contra su cabello. “Sea cual sea tu forma… te amo”.
Emma sonrió entre lágrimas. “Y yo a ti. Siempre”.
Cuando la niebla se retiró horas después, salieron del camarote con las dos piezas del amuleto brillando juntas en el bolsillo. La última estaba en las alturas: la Torre del Micalet.
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