viernes, 9 de enero de 2026

Capítulo 2: La Primera Semana Completa – Descubriendo la Casa, la Piscina, el Yoga y los Primeros Juegos que Hacen Sonrojar

 

Raquel despertó al día siguiente con los primeros rayos del sol filtrándose a través de las cortinas blancas semitransparentes de la habitación de invitados. Por un segundo, creyó que todo había sido un sueño extraño, pero al incorporarse y sentir el peso nuevo en el pecho, el pelo plateado cayendo en cascada sobre los hombros y la suavidad desconocida de la piel, la realidad la golpeó de nuevo. Se miró en el espejo del armario: la mujer misteriosa con cabello de luna seguía allí, mirándola con ojos verdes asustados.

Bajó las escaleras despacio, vestida todavía con la sudadera gigante que le habían prestado la noche anterior y que ahora le hacía de camisón improvisado. El aroma a café recién hecho, tortitas y fruta fresca llenaba toda la casa. En la cocina abierta al salón, las cinco chicas ya estaban en plena actividad matutina.

Ana, en modo entrenadora personal, hacía flexiones en el suelo con una energía que parecía inagotable. Llevaba leggings negros y una camiseta de tirantes que dejaba ver sus brazos tonificados. Bea, sentada en la encimera con una taza enorme de té, dibujaba algo en una libreta mientras tarareaba una canción indie. Carla, con delantal puesto y el pelo recogido en un moño desordenado, manejaba varias sartenes al mismo tiempo como si fuera una orquesta. Dana, con gafas puestas y un libro de filosofía abierto al lado del plato, tomaba notas con un lápiz. Eva, perfecta incluso a las nueve de la mañana, hacía fotos al desayuno para sus stories de Instagram con filtros dorados.

Todas levantaron la vista al mismo tiempo cuando Raquel apareció en el umbral.

—¡Buenos días, prima misteriosa! —exclamó Eva con una sonrisa radiante—. ¡Madre mía, ese pelo por la mañana está todavía más espectacular! Parece que brilla con luz propia.

Carla dejó la espátula y se acercó con un plato lleno: tortitas con sirope de arce, fresas, plátano y un poco de yogur griego.

—Toma, desayuna fuerte que hoy tenemos plan intensivo de integración oficial. No aceptamos excusas.

Raquel se sentó en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, todavía algo cohibida. Ana se levantó del suelo, se limpió el sudor de la frente con una toalla y le dio una palmada amistosa en la espalda que casi la hace caer del taburete.

—Reglas de la casa —empezó Ana con tono de capitana—: todos ayudamos en las tareas, todos reímos mucho, y los fines de semana son sagrados para actividades de chicas. Hoy es sábado, así que toca yoga matutino, piscina toda la mañana, barbacoa al mediodía y noche de películas. ¿Te apuntas o te apuntas?

Raquel no tenía opción real, así que asintió con una sonrisa tímida. El desayuno fue una charla animada: le preguntaron sobre su “vida antes de llegar”, y ella inventó respuestas vagas sobre haber vivido en Barcelona, trabajar como diseñadora gráfica freelance y haber tenido una ruptura reciente (para justificar el “necesitar un cambio de aires”). Las chicas la escucharon con interés genuino, sin presionar demasiado.

Después del desayuno, Ana anunció: “¡Yoga en el jardín, ya!”. Todas se cambiaron a ropa deportiva. Eva prestó a Raquel unos leggings negros y una camiseta de tirantes que, aunque eran de su talla más pequeña, le quedaban perfectos (demasiado perfectos, pensó Raquel al verse en el espejo). Salieron al jardín trasero: un espacio amplio con césped bien cuidado, hamacas, una piscina grande de agua turquesa y un área cubierta con esterillas de yoga.

Ana dirigió la sesión con precisión militar pero con mucho humor. Empezaron con saludos al sol. Raquel, que nunca había hecho yoga en serio (ni como Raúl ni ahora), intentó imitar los movimientos. En la postura del perro boca abajo, sintió todas las miradas sobre ella: su nueva figura se marcaba de forma inevitable. Ana se acercó para “corregir” la postura, colocando suavemente las manos en sus caderas y empujando un poco hacia atrás.

—Respira profundo, Raquel. Abre las caderas, suelta la tensión… muy bien, así.

El contacto fue breve pero eléctrico. Raquel sintió un calor subirle por las mejillas.

Después vino la postura del guerrero, el árbol, la silla… En cada una, alguna de las chicas hacía bromas. Bea, que era la menos flexible del grupo, se caía constantemente y terminaba rodando por la esterilla, provocando carcajadas generales. En un momento, durante la postura del puente, Eva se colocó al lado de Raquel y “accidentalmente” rozó su pierna con la suya.

—Perdón, plata —dijo con una sonrisa pícara—. Es que tu energía lunar me atrae.

Terminaron la sesión sudadas y riendo. Ana declaró: “¡Ducha rápida y a la piscina!”.

Eva, siempre la estilista del grupo, insistió en prestarle un bikini a Raquel.

—Tengo uno rojo que te va a quedar mortal con ese pelo. Ven, te ayudo a elegir.

Subieron a la habitación de Eva, un espacio lleno de ropa, espejos y perfumes. Eva sacó varios bikinis, pero al final eligió uno rojo intenso de dos piezas con lazos laterales.

—Pruébatelo. Yo me giro, prometido —dijo, aunque se giró solo a medias y con una sonrisa traviesa.

Raquel se cambió en el baño adjunto, mirando horrorizada (y un poco fascinada) lo revelador que era. Al salir, Eva silbó abiertamente.

—Dios mío, Raquel. Nos vas a dar un infarto colectivo.

Bajaron al jardín. Las demás ya estaban en la piscina: Ana nadando largos con braza poderosa, Bea flotando en una colchoneta con gafas de sol, Carla preparando zumos en la barra exterior, Dana leyendo un libro en una hamaca con los pies en el agua, Eva sacando fotos.

Cuando Raquel apareció, todas silbaron y aplaudieron en broma.

—¡Bienvenida al club de las diosas! —gritó Carla.

—¡Esa figura con ese pelo! ¡Es ilegal! —añadió Bea.

Pasaron toda la mañana jugando en el agua: voleibol acuático con una pelota gigante, carreras de natación (Raquel perdió todas, pero se divirtió), saltos desde el trampolín pequeño con puntuaciones cómicas del jurado (Dana era la más estricta). En un momento, organizaron un juego de “salpicar a la nueva”. Raquel terminó empapada y riendo mientras intentaba escapar.

En un instante concreto, Bea la abrazó desde atrás para “protegerla” de una ola que Ana había creado nadando rápido.

—¡No dejaré que te mojen el pelo plateado! —gritó Bea, apretándola contra sí.

El contacto piel con piel, mojada y cálida bajo el sol, fue inocente pero intenso. Raquel sintió un cosquilleo desconocido recorrerle la espalda.

Después vino la barbacoa: Carla preparó pinchos de verduras, hamburguesas veganas, ensaladas frescas y sangría sin alcohol. Comieron en la mesa grande del porche, charlando sobre todo y nada: películas favoritas, viajes soñados, anécdotas de la universidad (Raquel tuvo que fingir recordar algunas que en realidad había vivido como Raúl desde el otro lado).

Por la tarde, sesión colectiva de manicura y pedicura en el salón. Extendieron toallas en el suelo, sacaron esmaltes de todos los colores y se sentaron en círculo. Cada una pintaba las uñas de la persona de al lado. Raquel terminó pintando las de Eva, que no paraba de mover los dedos “accidentalmente” para rozar sus manos.

—Eres muy delicada con el pincel —comentó Eva en voz baja, mirándola a los ojos—. Tienes manos de artista… o de algo más.

Dana, siempre observadora, comentó desde el otro lado del círculo:

—Tu primo Raúl nunca mencionó tener una prima tan guapa, con tan buen gusto y con ese pelo imposible.

Todas rieron, y Raquel cambió de tema rápidamente contando una anécdota inventada sobre un viaje a Berlín.

La tarde pasó entre música, bailes improvisados en el salón y fotos grupales. Al atardecer, se ducharon y se prepararon para la noche de películas. Pidieron sushi a domicilio (lujo de sábado) y se acomodaron en el sofá gigante con mantas y velas.

Esa primera semana completa fue un torbellino similar: mañanas de yoga con correcciones de postura cada vez más “detalladas”, tardes de piscina con juegos acuáticos que siempre terminaban en abrazos y risas, sesiones de cocina con Carla donde derramar harina o salsa llevaba a “limpiezas” cómicas con servilletas y dedos, tardes de pintura con Bea que insistía en que Raquel posara “para capturar la luz en su pelo”, lecturas colectivas con Dana en el porche y sesiones de fotos con Eva que terminaban en poses cada vez más divertidas.

Cada noche, sola en su habitación, Raquel revisaba el amuleto en secreto. No encontraba solución real en internet. Pero tampoco buscaba con demasiada urgencia. Empezaba a disfrutar de la atención constante, los roces inocentes, las bromas pícaras, la sensación de pertenecer a algo cálido y vivo.

Al final de la primera semana, mientras se dormía escuchando las risas lejanas de las chicas en el salón, pensó: “Si esto es ser mujer en esta casa… quizás pueda aguantar un poco más”.

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