La mañana siguiente empezó con una "sesión de adaptación femenina" que duró casi seis horas y que nadie en su sano juicio habría llamado "terapéutica".
Primero: caminar como una dama.
Ana lo demostró con un contoneo perfecto, casi hipnótico: caderas moviéndose en ochos sensuales, espalda arqueada, pecho erguido, cada paso un espectáculo de feminidad calculada. "Tu turno, preciosa. Arquea la espalda, saca el culo, siente el peso… y muévete con él."
Raquel lo intentó. Cada paso era un caos absoluto y erótico: ¡BOING-BOING-BOING-BOING!
Las tetas subían hasta casi golpearle la barbilla y caían con fuerza, golpeando el estómago y enviando ondas de placer que le hacían flaquear las rodillas. El peso constante tiraba de su espalda hacia adelante, obligándola a compensar sacando el culo de forma exagerada y contoneándose como una estrella porno en cámara lenta. El roce continuo de la piel contra la piel hacía que los pezones se mantuvieran permanentemente erectos, rozando el aire fresco y enviando pequeñas descargas cada pocos segundos.
"¡No puedo! ¡Se mueven como si tuvieran vida propia! ¡Me van a dejar KO!" protestó entre risas histéricas y jadeos.
Bea se colocó detrás, sus manos en las caderas de Raquel. "Así, cariño… balancea… siente cómo se mueven… cómo rebotan… cómo te hacen sentir…" Pero al hacerlo, las tetas se apretaban contra el pecho de Bea en cada movimiento. El roce de la tela húmeda del uniforme contra los pezones sensibles hizo que Raquel soltara gemiditos involuntarios y constantes.
Ana se unió por delante, "corrigiendo" la postura: sus palmas ahuecadas bajo las tetas gigantes, levantándolas y apretándolas suavemente mientras susurraba: "Mira cómo se sienten cuando las sostienes… tan pesadas… tan calientes… tan llenas… tan suaves… ¿Ves cómo tiemblan cuando respiras?"
Luego llegó el sujetador. Un armatoste negro de encaje con varillas de acero reforzadas, correas anchas como cinturones y ganchos industriales. Al intentar ponérselo, las tetas se desbordaron violentamente por arriba, por los lados, creando un escote que parecía desafiar la gravedad y la decencia. Una teta saltó libre y golpeó el pecho de Ana con un ¡PLAF! húmedo y caliente.
Ana no se apartó. En cambio, atrapó la teta rebelde con ambas manos y empezó a masajearla lentamente, los pulgares trazando espirales cada vez más cerca del pezón. "Mírala… está tan dura… tan hinchada… tan necesitada…" Y entonces cerró los labios alrededor del pezón y succionó con fuerza, la lengua girando en círculos rápidos y expertos.
Raquel gritó, las rodillas temblando. Bea se colocó detrás, sus manos deslizándose bajo las tetas desde atrás, levantándolas y apretándolas contra el pecho de Ana en un sándwich obsceno de carne caliente y húmeda. Los tres cuerpos pegados, respiraciones agitadas, el sonido de succión húmeda, lamidas y gemidos llenando la habitación.
La clase de baile fue el punto sin retorno absoluto.
Luces bajas, música lenta con graves profundos que se sentían en el pecho. Raquel giró y las tetas giraron con ella como hélices eróticas descontroladas, golpeando a Bea en la cara, luego a Ana en la cintura, luego entre ellas mismas con sonidos húmedos. Las tres terminaron cayendo al suelo en un enredo de miembros, risas y jadeos.
Ana se subió a horcajadas sobre el abdomen de Raquel, sus muslos abiertos abrazando las caderas. Agarró las tetas gigantes y las juntó creando un surco profundo y caliente donde empezó a frotarse lentamente, la tela húmeda del uniforme rozando los pezones sensibles en cada movimiento ascendente y descendente.
Bea se colocó detrás de la cabeza de Raquel, inclinándose para besarla profundamente: lengua explorando, mordiscos suaves en el labio inferior, succiones en la lengua. Mientras, sus manos bajaron por el vientre y se colaron bajo la braguita del hospital. Los dedos encontraron el clítoris hinchado y resbaladizo, frotándolo en círculos lentos y firmes, luego deslizando dos dedos dentro, curvándolos hacia ese punto que hacía que Raquel se arqueara y gritara contra la boca de Bea.
Raquel llegó al clímax gritando, el cuerpo convulsionando, las tetas rebotando salvajemente con cada espasmo, golpeando contra el pecho de Ana y salpicando sudor y aceite por todas partes. Pero no pararon. Ana cambió de posición, bajando la boca a los pezones mientras Bea seguía con los dedos, añadiendo un tercero, moviéndolos más rápido. Un segundo orgasmo llegó en menos de un minuto, luego un tercero, más suave pero más largo, dejando a Raquel temblando, jadeando y con lágrimas de placer en los ojos.
Esa noche, sola en la habitación (o lo que quedaba de ella después de tanto caos), Raquel no pudo dormir. El peso de las tetas la mantenía clavada boca arriba. Cada movimiento hacía que rebotaran ligeramente, enviando pequeñas ondas de placer. Se tocó durante horas: primero acariciando la curva inferior, sintiendo cómo la carne se ondulaba bajo los dedos. Luego subieron, apretando suavemente, hundiendo los dedos en la suavidad caliente. Los pezones estaban tan sensibles que solo rozarlos con las yemas le hacía gemir. Bajó una mano entre las piernas, encontrándose empapada como nunca, y empezó a frotarse al ritmo lento de sus propios masajes en las tetas. Imaginó las bocas de Ana y Bea, sus dedos, sus lenguas, sus cuerpos desnudos… y llegó otra vez, y otra, y otra, mordiéndose el labio para no gritar demasiado alto y despertar a toda la clínica.

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